Encuentros de almas
Instantes, años, siglos y mucho más… han pasado, y continúa el permanente aprendizaje de los seres humanos, al menos desde lo que percibimos como tiempo lineal. Entonces podemos comparar el pasado con el presente y notar que vamos evolucionando en muchos aspectos. Vivimos más años, el cerebro tiene mayor capacidad de regenerarse y de cambiar con las experiencias; aprovechamos un mayor porcentaje de sus funciones, facilitando el aprendizaje.
Los descubrimientos en neurociencia son numerosos y revolucionarios, abarcando desde la identificación de proteínas hasta la comprensión de cómo el cerebro responde a las emociones y al adiestramiento. Vamos despertando a una conciencia superior. Se han logrado avances significativos en la comprensión de la función cerebral, incluyendo la relación entre el cerebro y el sistema linfático. Este influye en todo tu cuerpo: si en tu mente repites “no puedo”, todas tus células lo perciben y te saboteas; si dices “sí puedo”, entonces te ayudas.
La conexión entre el sueño y el cerebro es notable. Ya se comenta que incluso podríamos cambiar nuestra genética. La epigenética se define como el estudio de los cambios hereditarios en la función génica que no implican alteraciones en la secuencia del ADN. Estos cambios posibles, llamados modificaciones epigenéticas, pueden activar o desactivar genes, afectando la manera en que el cuerpo los utiliza sin alterar el código genético.
Todo está en constante evolución, con implicaciones importantes para la salud, el desarrollo y, lo más interesante desde mi punto de vista, la capacidad de ser feliz. Además, la neurociencia ha impulsado avances tecnológicos, como la realidad virtual y la inteligencia artificial, que permiten controlar dispositivos con la mente e incluso crear “cerebros” artificiales para la investigación. No sé cuánto hay de cierto en esto, pero sí sé con seguridad que debemos cuidar que no nos controlen por medio de esa IA.
Pero no solo en la tecnología avanzamos, sino también en otros campos del desarrollo mental, la consciencia y la supraconciencia. Por ejemplo, comenzamos a comprender que la vida continúa en ciclos, que nada se pierde, que solo nos transformamos permanentemente. La pregunta que podríamos hacernos es: ¿qué queda de un ser humano en cada ciclo de vida?
Si nos observamos atentamente, podemos descubrir que a veces tenemos sueños que parecen reales, pero que no tienen relación con lo que somos ahora. Imágenes, situaciones que nos resultan extrañas, pueden pertenecer a otros lugares que no conocemos —y que, sin embargo, existen— o de repente nos miramos al espejo y no sabemos quién es esa persona que vemos. A casi todos nos sucede que de niños teníamos algún recuerdo o conciencia de cosas que no ocurrieron en el presente, justo en esos primeros años en que somos esencia pura. También es común tener habilidades para algo que nunca aprendimos, pero en lo que, sin embargo, somos diestros.
Todo esto sucede cuando comienzas a recordar algo que habita dentro de ti. Te aseguro que tienes mucho en tu interior: mira más profundo. Por eso ocurre esa sensación de que ya conoces a alguien, aunque sabes que lo ves por primera vez, pero lo entiendes, simpatizas o incluso lo quieres sin saber por qué. También puede suceder lo contrario: lo rechazas sin motivo aparente. Todas esas experiencias son reales y muy importantes. Ahí comienza la posibilidad del encuentro de almas entre seres humanos, algo más común de lo que creemos. Aunque se reconozcan de alguna manera, en ese encuentro —como personas desde el ego— puede haber muchas cosas que afinar. Pero si miras profundo, descubrirás algo más real, permanente, visible y palpable. Si eso sucede en un encuentro o vínculo de pareja, se convierte en un amor de cuento de hadas, pues surge desde el alma y puede llenar todos los planos: el físico, el emocional, el mental y el espiritual.
Recomiendo ver algunas películas como Los hijos del ayer, Allan Kardec, After Death, Infinito, Soul… Pero, sobre todo, mírense hacia adentro, mediten hasta lograr el silencio suficiente para escuchar la voz de su propia alma.
Una experiencia interesante que en lo personal me sirvió mucho, es intentar, en ciertos momentos de profunda relajación, hacer cualquier tarea que no domines: podrías obtener respuestas inesperadas, pintar como si supieras, hacer música, escultura, bailar, trabajar la madera, etc. Por supuesto, lo más importante siempre es el tiempo presente, porque todo lo que fuimos y lo que seremos está aquí y ahora. Por eso, coincidir en armonía con toda la vida a tu alrededor es algo que puedes experimentar si deseas ser muy feliz, aunque requiere esfuerzo aprender a vibrar con los elementos.
En la realidad invisible también se da ese entrelazamiento de partículas en todo el universo, en los fotones, en las partículas elementales. De ahí surge todo lo que existe. Por eso puedo afirmar —y lo he comprobado— que también existe el entrelazamiento de almas que se vuelven a encontrar, y así se comprueba que la vida es eterna, conectada por el amor más puro, donde fluye mucha luz.
Pero no solo te enlazas con otras almas. También puedes hacerlo con el mar, el sol, las montañas, los ríos, el bosque, un animalito, un ave… con todo lo que te rodea. Puedes bailar contigo y con la naturaleza en cualquier lugar. De verdad, no es difícil si te predispones a hacerlo. Puede ser un árbol, un cerro, un lago… pero sal a la naturaleza donde puedas. Camina solo por la playa, con el sol brillando a pleno, el agua tocando tus pies y la arena acariciándote, sosteniéndote, adaptándose a tus pisadas. Caminas y bailas. Caminas y te mueves al ritmo de la música que suena en tus audífonos, y simplemente te liberas: bailas, giras, miras un horizonte sin límites, el sol te acompaña, das más vueltas, trotas, vuelves a caminar, y te integras plenamente a la naturaleza en total libertad. Tu alma se une por completo al alma del Logos planetario. Tus elementos, dentro y fuera de ti, en perfecta armonía. Todo lo que eres está entrelazado con la vida, y sucede el milagro de sentirte unido y contento solo por estar vivo y poder experimentar el aire del mar, el calor del sol, el abrigo y el sostén de la arena, mientras el viento acaricia tu rostro y todo tu cuerpo vibra con la tierra, el agua, el aire y el fuego… y más adentro de ti, con el ser eterno que eres.
Entonces sucede algo bello: tu alma comienza a bailar. Ya no es solo tu cuerpo. Todo tu ser vibra al ritmo de la vida y de la música. Tal vez alguien te vea y piense que estás loco, y es cierto: es una locura llena de libertad y amor por la vida. Y ese amor lo cura todo.
Realmente, la vida es un viaje: una “lo-cura” de amor liberador expresado por un universo infinitamente creativo. Esa maravillosa locura de amor a la vida puede fluir al ritmo de una pareja, de la familia o de la soledad; al ritmo del rock, la salsa, la ópera… todas las artes. Y como dice la canción: “tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”, en este paraíso llamado Tierra, cuando te encuentras con un alma que ya conoces y pueden volver a amarse.
Baila contigo y con la vida, donde estés… porque vas del fuego exterior al fuego interior, que es la joya y la luz del loto dentro de ti, capaz de iluminar tu vida y despertar la magia del alma.
Puede ser un amor que nace de sorpresa, con tanta energía que es una chispa de luz que nos atrae con fuerza magnética. Allí, el ego y la razón callan, y el cuerpo, el corazón y la intuición hablan. Cuando dos almas adultas, desde su individualidad plena, se eligen —y tal vez ya se conocían— es fácil que el amor se prolongue más allá de todas las diferencias y del enamoramiento inicial. Juntos pueden generar luz y crear más vida, pues se potencian porque se enlazan. Puedes verlo en las relaciones profundas entre seres humanos, cuando sienten lo que le pasa al otro a distancia. También se experimenta en la relación entre maestros y discípulos.
La luz como amor entre dos seres humanos perdura cuando se trabaja la equidad. Necesitas al otro porque lo amas, pero ese “te necesito” no es debilidad, ni apego, ni posesión… o quizás lo es, pero en su polaridad positiva, porque es un reconocimiento mutuo que se transforma en dar y recibir.
Este enlazamiento de almas de otros ciclos de vida puede fluir en la amistad, entre familiares o en una pareja que, en esta vida, vuelven a cultivar el amor que fluyó de forma natural como un regalo del cielo y encuentran un propósito compartido. Cuando se suman dos, el resultado es tres. Es una maravillosa sinergia donde todo se potencia, porque realmente es uno, el otro y la relación que creamos, generando más luz.
Gurú Constancio
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