Notas espontáneas 26

 Satya: la maestría de la Verdad

En todo el planeta hay magnificas fábulas sobre diferentes virtudes, entre ellas la veracidad, en Oriente, por ejemplo, existen muchas historias antiguas y leyendas, en las que un yogui que seguía el camino de la correcta palabra y se comprometía sólo a decir la verdad, era capaz de materializar después con su verbo cualquier cosa imaginable, pues su palabra había empezado a vibrar igual que la verdad, por lo que ya no era posible que de su boca salieran mentiras y podía decir, por ejemplo, “elefante” y materializarlo.

Estas historias fantásticas nos dan una idea de lo poderoso que es empezar a vibrar con la verdad. En el contexto del Yama, la disciplina del Satya constituye el primero de los ocho brazos o elementos del yoga clásico, y se traduce como no mentir, o expresado en términos afirmativos, apegarnos a la verdad, es decir, la esencia. 

Es un concepto y virtud muy importante en la vida de todo ser humano, pues se refiere a ser veraz en los pensamientos, las palabras y las acciones. Esta disciplina sobre la verdad, se encuentra en la base de todas las culturas que han legado una gran sabiduría a la humanidad.

Igual que cualquier aspecto espiritual, Satya tiene múltiples dimensiones, por lo que puede ser practicada superficialmente, incluso ser usada como un escalón para posicionar nuestro ego a través de una falsa superioridad moral. Sin embargo, Satya puede ser una práctica tan profunda y transformadora como nosotros lo decidamos. No hay límite para la mente ni el trabajo espiritual, más que aquel que nosotros mismos nos impongamos. Nuestro potencial es infinito y en ese sentido podemos empezar a vibrar con el Verbo que creó la vida, la vibración primordial... “en el principio era el Verbo…”.

Cuando pienso en esa maravillosa frase, “la verdad os hará libres”, me surgen tantas inquietudes y la relaciono enseguida con el Satya; “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8: 31-38). En este contexto, se refiere a la gran Verdad, que representa para Jesús el Padre. 

Satya comienza con una observación verbal aparentemente sencilla: no mentir, es decir, expresar con nuestras palabras siempre la verdad. Sin embargo, te reto a que observes tu conducta verbal un día y te des cuenta de lo normalizado que tenemos mentir. Aprendimos a mentir sin darnos cuenta desde niños y hasta comprobamos lo ventajoso que es, tan naturalizada tenemos la mentira que lo usamos en cualquier momento. No hablo necesariamente de mentiras graves, sino de aquellas llamadas mentiras blancas o inocentes que aparentemente nos ayudan a funcionar en el día a día con los demás. 


Incluso, para desalinearnos de la verdad, ¡ni quisiera hace falta emitir una mentira expresa! Es tan sencillo como usar nuestras palabras con astucia para sugerir cosas que no son reales, encaminando al otro para que por medio de nuestras palabras ambiguas se haga una idea errónea de la verdad. Manipular los hechos con las palabras, manipular a las personas incluso sin “mentir”, es una forma hábil y relativamente sencilla para desentendernos de la veracidad. 

Estar ciegamente afianzados en nuestra propia imagen personal o ego, nos hace también vulnerables a no ser veraces con los demás. Aparentar que somos algo que no somos, que sentimos algo que no sentimos, que nos interesa algo que no nos interesa, que tenemos algo que no tenemos (posesiones materiales, estatus, sabiduría, logros espirituales, etc), es una forma de no ser veraces. Lo mismo cuando nos aferramos a que las cosas sean como nosotros queremos que sean; nos encontramos rápidamente forzando todo para que las personas y la situaciones se vayan alineando a nuestro criterio y si no tenemos cuidado, es fácil manipular la verdad y mentirnos a nosotros mismos.

También es necesario decir que, en este mundo, estar alineados con la verdad es complicado e incluso nos puede meter en uno que otro problema. La forma en la que está constituida la sociedad y todas las normas culturales y familiares por las cuales hemos aprendido a convivir, dificultan que nos movamos en un contexto de verdad absoluta. El valioso axioma “callar” puede ser usado con sabiduría en contextos en los que no resulta beneficioso abordar de forma directa la verdad, sin embargo, nunca debe usarse como una excusa para ocultar verdades que nos ponen en desventaja o incluso para ahorrarnos situaciones incómodas, pues corremos el riesgo de caer en una omisión que a la larga resulte perjudicial. 

Algo interesante que sucede es que a veces la verdad que omites (cuando es necesario expresarla) te esclaviza, sin embargo, muchas veces no estamos acontumbradps a obsevar más profundo y por eso seguimos en lo mismo.

El compás para resolver estas situaciones siempre debe ser preguntarnos: “¿Esto beneficia a la otra persona’”, “¿estoy faltando a un pacto previo de ser honesto y frontal?”, “¿en qué valores se sustenta mi vínculo con esta persona, es la honestidad uno de ellos?, “¿esto traería más problemas que soluciones?”, etc. 


Si tenemos la necesidad de expresar una verdad que puede resultar incómoda, tendríamos que anteponer el criterio de que dicha verdad sea constructiva, aprendiendo a expresarla amorosamente, sin tergiversar la realidad, pero 
elegiendo las palabras para causar el menor daño y que sea del mayor beneficio posible. 

Como ves, la expresión externa de estar alineado con la verdad, tiene siempre un contexto y puede ser interpretada de forma subjetiva, por eso, es importante que esta expresión externa esté siempre fundamentada en una realidad interna. La verdad, como el perfume de una flor, se irradia de adentro hacia afuera, y aunque se puede manifestar en el mundo de muchas maneras, lo importante es que siempre parta de una congruencia con nuestro trabajo interno. 

Aprender a no mentirnos a nosotros mismos, puede ser un trabajo igual o más arduo incluso que no mentir a los demás. Reconocer nuestros impulsos, vicios, virtudes, defectos, inclinaciones, deseos, tendencias, aspiraciones, amores, aversiones, resentimientos, ideales, pasiones, etc, es un bello y complejo camino de autoconocimiento. No querer mirar directamente nuestras heridas o incongruencias, es una costumbre que nos conviene erradicar. Ser sinceros con nuestra parte de luz, pero también con nuestro caos, nos hará ser más auténticos en nuestros vínculos con los demás y en nuestro propio camino individual. Deja de mentirte y mentir, y tu vida cambiará por completo hacia la evolución de tu Esencia.

Satya, al igual que otras herramientas y códigos espirituales, debería ser una brújula en nuestra vida, para emprender con alegría un camino de autorealización. No serás perfecto en ella, pero tenerla como guía en tu vida te acercará cada vez más al ideal, serás cada vez más transparente, autentico, libre de la carga de aparentar lo que no eres, libre de la ezclavitud de recordar cada mentira y mentir cada vez más para que todo cuadre en un cuento ficticio que te aisla de la realidad.

Satya también es el fundamento de la Mantra Yoga, que hace que una palabra verbalizada de manera adecuada influya de acuerdo a la semilla que lleva. Todo en el universo se compone de energía, toda energía vibra. La diferenciación sucede porque la energía vibra a diferentes frecuencias. Cada frecuencia tiene un sonido y la verdad tiene su frecuencia. Realmente cada frecuencia es un sonido y todo en el Universo tiene un sonido que vibra a su frecuencia particular. La fuerza vibratoria aplicada a ciertas palabras y agrandada por la fuerza espiritual del ser humano que se expresa desde el Satya, le da a la fuerza vibratoria de la palabra un poder definido, el poder del sonido, que es conocido desde la Antigüedad como la magia del Verbo, la maravillosa Mantram Yoga.

Maestro Constancio.

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