Notas espontáneas 17
La dualidad que nos conduce a la unidad.
Es bellísimo y muy interesante observar cómo opera la dualidad en el ser humano. El flujo de la vida que hace que todo evolucione y que le pone, sal, azúcar, pimienta y diversión a todo, pero que a veces percibimos como conflictos y contradicciones afuera, en el mundo y en los demás, sin darnos cuenta que todos esos conflictos externos son un reflejo de los internos y que todos nacen en realidad de una especie de lucha en la que cada día intentamos conciliar la dualidad que divide nuestras acciones, emociones, pensamientos y aspiraciones.
A veces, en cierta etapa del desarrollo de la consciencia, esa dualidad carcome un poco la alegría de vivir y nos parcializa. Cuando empezamos a contrastar experiencias y a conocer al mundo, este choca con nuestras creencias o nuestra sensibilidad, y eso puede producir un caos. En la adolescencia el caos es hermoso, adolecemos de muchas cosas, pero todo está lleno de posibilidades y esperanzas y, por lo tanto, abrimos una emocionante puerta hacia el mundo. Con ese bello caos viene el descubrimiento de la persona, de sus gustos, de su cuerpo físico, de sus tendencias, y surge la inquietud de ubicarse en el mundo. Una dualidad importante se abre paso... los demás y el yo. Lo que que los demás hacen, quieren o incluso esperan de mí, y lo que yo soy, quiero y lo que deseo del mundo y de mí. La rebeldía, las hormonas, las reglas que a veces no tienen mucho sentido, las primeras experiencias románticas, las desilusiones, todo va condimentando una época delicada pero decisiva en el desarrollo del ser humano.
Este bello momento, sin embargo, eventualmente debe ser superado por la sabiduría que van dejando las experiencias, además del bagaje que esa alma ya tiene acumulado de ciclos de vida anteriores. Si además de todo, la persona vive en un entorno familiar favorable, tendrá cada vez más herramientas para descifrar su papel en el mundo externo pero también, su propio mundo interno.
A partir de entonces todo es vivir la danza de la vida, que es impredecible y cambiante, y en esa danza desarrollar el arte de conciliar e integrar nuestras dualidades, entre la luz y la sombra, el amor y el miedo, el servicio y el egoísmo, el crecimiento y la comodidad, etcétera... es decir, amarnos por completo como realmente somos. Así, poco a poco y a medida que crecemos en experiencias trascendentales y en sabiduría, el péndulo de la dualidad donde nos movemos todos comienza a oscilar cada vez menos.
Hay muchos caminos que se complementan para ir más allá de la mente que necesita conceptos y que, por lo tanto, divide en categorías y fronteras al mundo y sólo piensa en términos duales, sin embargo, qué bello e indispensable es el camino de la libertad, la generosidad y del amor para lograr de a poco la unicidad y acercarnos a la verdad, que ciertamente está más allá de cualquier concepto o cualquier cosa que se pueda expresar de forma puramente racional. La verdad la comienzas a percibir desde la mente instintiva, la mente espiritual.
En principio, vamos poco a poco superando la dicotomía instintiva entre nuestro bienestar y el bienestar del otro. Es decir, nos damos cuenta que para ser felices, no es necesario que los demás sean infelices, o al revés, la dicha y logros de una persona, no imposibilitan que nosotros también seamos dichosos y exitosos. Incluso podemos avanzar al punto de comprender que la felicidad de los otros es también la nuestra. Entonces el egocentrismo poco a poco empieza a ser menos reactivo, dejamos atrás el juego donde “si yo gano entonces tú pierdes, y si tú ganas entonces yo pierdo”. Aprendemos a escuchar un poco más con el corazón, a festejar los logros del otro, a dejar pasar insultos en el tráfico de las horas pico, e incluso, nos nace la intención de ser útiles a los demás, mirando no sólo por nuestro beneficio, sino por el beneficio de la vida en general.
Si nos sujetamos de esa noble intención y no la dejamos morir como un ideal que se olvida igual que otros tantos, entonces nos adentraremos en el servicio y ahí no hay vuelta atrás. Se activan engranajes que ponen en marcha la maquinaria de la que han hablado grandes sabios y seres iluminados: la bondad, la generosidad. La generosidad en realidad, no es otra cosa que una expresión del amor, que con sus múltiples facetas nos lleva de la mano por un camino espiral hacia una consciencia cada vez más universal y trascendental.
¿Por qué digo que ya no hay vuelta atrás una vez que se descubre la magia del servicio? Primero que nada, porque pasamos a formar parte de un esfuerzo colectivo sostenido por millones de iluminados y practicantes espirituales, lo que nos concede una asistencia incondicional del Universo y mejora nuestra vida convirtiéndola en un paraíso. En segundo lugar, porque el servicio nos lleva a disipar la dualidad entre mi ego y el de los demás, haciendo que las fronteras se diluyan poco a poco y entendiendo que en el bienestar de los demás está implícito mi propio bienestar. En tercer lugar porque las experiencias del servicio nos pulen como piedras... es decir, los conflictos del trabajo con los demás, las diferencias, desilusiones, los logros, etcétera, va dándonos información sobre nosotros mismos y se convierte en un radar para ubicar qué tan reactivos (es decir, egocéntricos) somos y cuánto y por dónde podemos trabajar en mejorarnos. Y en cuarto lugar, la sensación de amor y completud de la generosidad bien hecha nos fortalece y nos da alegría, y un ser humano fortalecido y consciente es un ser humano amoroso, y un ser humano amoroso es un ser humano que siempre está buscando beneficiar a los demás, por lo tanto, el Ser en el servicio bien hecho se retroalimenta a sí mismo…
Maestro Constancio.
María S.N.


GRACIAS MAESTRO AMADO!
ResponderEliminarBELLISIMO MENSAJE, GRACIAS GRACIAS GRACIAS
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